El psicólogo Irvin Janis llamo pensamiento grupal a una forma de pensamiento “con el que las personas se sienten implicadas cuando están profundamente comprometidas con un grupo excluyente, cuando la lucha por la unanimidad de los miembros pasa por encima de su motivación para evaluar de manera realista formas de proceder alternativas”. La creencia imperante es que el grupo sabe mejor que nadie la decisión o dirección vigente es la que parece representar a la mayor parte de sus componentes, más allá de un examen ponderado: incluso cuando el instinto personal sugiere lo contrario.
Entro los estudio más destacables sobre el pensamiento grupal está el realizado por el psicólogo Solomon Asch en 1951. Tras su experimento Asch concluyo que “la tendencia a la conformidad de nuestra sociedad es tan fuerte que jóvenes razonablemente inteligentes y bienintencionados están dispuestos a llamar blanco al negro. Esto es preocupante. Plantea interrogantes acerca de nuestra forma de educación y los valores que guían nuestra conducta”.
Hay una historia escrita por Jerry B. Harvey, llamada “La paradoja de Abilene”, que me gustaría transcribir en este blog. Se trata de un ejemplo que en mayor o menor medida nos ha ocurrido a todos alguna vez. La historia es como sigue.
Una calurosa tarde de verano en Coleman, Texas, una familia se encuentra a gusto jugando al dominó en el porche hasta que el suegro propone que vayan hasta Abilene, a 85 kilómetros al norte, a cenar. La mujer dice: “Me parece una buena idea”. El marido, a pesar de sus reservas porque en el viaje en coche es largo y hace calor, cree que sus preferencias están en desacuerdo con las del grupo y dice: “Me parece bien. Solo espero que tu madre quiera ir”. Entonces la suegra dice: “Claro que quiero ir. Hace mucho tiempo que no voy a Abilene”. El viaje en coche es sofocante, largo y hay polvo por todas partes. Al llegar al restaurante, la comida es igual de mala. Cuatro horas después regresan a casa agotados. Uno de ellos dice sin ninguna sinceridad: “Ha sido un viaje estupendo ¿no os parece?” La suegra afirma que en realidad ella habría preferido quedarse en casa, pero que estuvo de acuerdo en ir porque los otros tres habían mostrado mucho entusiasmo. El marido dice: “Pues yo fui para que estuvierais contentos. Estaría loca si quisiera salir con este calor”. El suegro dice que lo propuso porque creía que los demás estaban aburridos.
El grupo, desconcertado por haber decidido todos juntos hacer algo que ninguno de ellos quería hacer, vuelve a sentarse. Todos hubieran preferido quedarse sentados cómodamente, pero no lo confesaron cuando todavía tenían tiempo de disfrutar de la tarde.
Este es un ejemplo inofensivo pero impresionante de las consecuencias del pensamiento grupal. ¿A quien no le ha ocurrido algo así alguna vez? Cada uno de los miembros del grupo accedió a hacer algo que no quería hacer porque creyó que los otros querían hacerlo. La consecuencia fue que nadie quedó contento.
Este es uno de los problemas, entre otros que analizaremos en sucesivos posts, que podemos encontrarnos si queremos que un grupo de personas o una multitud inteligente participe dentro del sistema de innovación de una organización.





