Inteligencia colectiva

El éxito de la cooperación

25 mar
General   |  5 comentarios

El comportamiento prosocial, la reprocidad fuerte y la sombra del futuro para solucionar problemas de cooperación

Hace tiempo que desde OBEA y desde MIK estamos investigando en torno al concepto de inteligencia colectiva o sabiduría de las multitudes. El auge de conceptos como open innovation, crowdsourcing o community-based innovation nos llevan a investigar en la base de estos fenómenos, en aspectos puramente sociológicos y antropológicos.

En el libro “Cien mejor que uno”, en inglés “The wisdom of crowds”, de James Surowiecki se exponen tres tipos de problemas que la inteligencia colectiva puede solucionar. Este tipo de problemas son los problemas cognitivos, los problemas de coordinación y los problemas de cooperación. En este post únicamente me centraré únicamente en los problemas de cooperación dejando para más adelante el resto de tipologías y las condiciones necesarias para que la inteligencia colectiva pueda resolver dichos problemas.

Los problemas de cooperación, como el propio nombre sugiere, radica en conseguir que unos individuos egoístas y desconfiados trabajen juntos, incluso cuando el puro interés particular pareciera dictarles no participar. Pagar impuestos, reducir la contaminación, ponerse de acuerdo en lo que es un salario justo, son ejemplos de problemas de cooperación. En este tipo de problemas hace falta que los miembros de un grupo o de una sociedad hagan algo más que obedecer únicamente su interés egoísta. Es necesario que adopten una definición de interés más amplia que la visión miope de la maximización del beneficio a corto plazo. Y también es necesario que cada uno pueda confiar en los que le rodean, por que cuando no existe confianza, la búsqueda miope del interés propio es la única estrategia sensata.

Según el criterio tradicional y bastante razonable de los economistas, los seres humanos se mueven obedeciendo fundamentalmente al interés egoísta. Esto significa que exponiendo a una persona ante distintas opciones, este elegirá siempre la que le beneficia personalmente y que dichas elecciones no dependen de lo que haga nadie más. Esta hipótesis que puede parecer bastante verosímil se torna repetidamente en una hipótesis falsa en algunos casos. Tomemos como ejemplo “el juego del ultimátum”.

Las reglas del juego son sencillas. El experimentador elige una pareja de sujetos que pueden comunicarse entre sí, pero por lo demás son anónimos el uno para el otro. Se les propone que se repartan 10 dólares de acuerdo con la regla siguiente: el jugador número uno decide por su cuenta cómo ha de ser el reparto (a medias, setenta por ciento y treinta por ciento, o lo que quiera). Entonces hace un ofrecimiento tipo “lo toma o lo deja” al jugador número dos. Éste puede aceptar la oferta, en cuyo caso ambos jugadores se embolsan sus partes respectivas, o rechazarla, en cuyo caso ambos se quedan sin nada.

Si ambos son racionales, el jugador número uno se adjudicaría 9 dólares y ofrecerá 1 al segundo. A fin de cuentas, el número dos se verá obligado a aceptar la oferta cualquiera que sea, puesto que si la acepta gana un poco de dinero y si no la acepta no gana nada. Todo número uno racional se dará cuenta de esa situación y por consiguiente cederá lo mínimo al otro. En la práctica sin embargo, esto sucede pocas veces. Las ofertas mínimas por debajo de 2 dólares son sistemáticamente declinadas. Esto significa que la gente prefiere quedarse sin nada antes que conceder que el “socio” se lleve la mayor parte del botín. Rechazan un dinero gratuito para castigar lo que perciben como un exceso de codicia o egoísmo por la otra parte.

Los economistas Samuel Bowles y Herbert Gintis han llamado a dicho comportamiento, reciprocidad fuerte, esto es, la voluntad de castigar el mal comportamiento (y premiar el bueno) aunque personalmente no se obtenga de ello ningún beneficio material. La reciprocidad fuerte es un comportamiento prosocial porque incita a trascender la definición estrecha del interés egoísta y a hacer deliberadamente o no cosas que tienden al bien común. Los que actúan así no lo hacen por altruismo, estos rechazan las ofertas mínimas porque éstas vulneran su sentido individual de lo que debería ser un intercambio justo. Pero el efecto es el mismo que si fuesen unos filántropos, el grupo resulta beneficiado.

La noción de comportamiento prosocial tal vez pueda contribuir a resolver el misterio de por qué cooperamos en realidad. Las sociedades y las organizaciones sólo funcionan cuando la gente coopera. Por esto mismo en una sociedad no se puede confiar sólo en la ley para garantizar que los ciudadanos actúan con honradez, al igual que ocurre con la cooperación entre empresas y los contratos de colaboración. La explicación clásica y canónica de por qué cooperan las personas fue propuesta por el politólogo Robert Axelrod en su obra “The evolution of cooperation”. En esta obra Robert argumenta que ”el fundamento de la cooperación no es en realidad la mutua confianza, sino la permanencia de la relación…” La gente que se ve en la necesidad de tratarse durante cierto tiempo acaba por admitir los beneficios de la cooperación en vez de tratar de sacar ventaja sobre los demás, porque saben que si lo hicieran el otro procuraría tomar represalias. La clave de la cooperación es lo que Robert Axelrod llama “la sombra del futuro”. La promesa de que continuará la interacción es lo que nos mantiene a raya. En palabras de Axelrod, “para el éxito de la cooperación es preciso que la gente empiece por ser amable, es decir, que demuestre disposición a cooperar, pero también disposición a castigar el comportamiento no cooperador tan pronto como aparezca”.

Si bien es cierto que “la sombra del futuro” explica la cooperación de personas durante el medio largo plazo, ¿por qué a veces se coopera con desconocidos? Robert Wright argumenta que con el tiempo hemos aprendido que el comercio y el intercambio son juegos en los que finalmente todos pueden ganar, a diferencia de los juegos de suma cero que exigen que siempre haya un ganador y un perdedor. Aunque es bien cierto que distintas culturas tienen ideas diferentes sobre los conceptos de confianza, cooperación y amabilidad con los desconocidos. Uno de los factores que explican estas diferencias es, según Surowiecki, el propio capitalismo. El capitalismo funciona con buena salud cuando las personas creen que el beneficio a largo plazo de las transacciones equitativas excede a corto plazo del oportunista.

El pago de los impuestos es uno de los ejemplos clásicos de problema de cooperación. Todo el mundo se beneficia con los servicios que se financian mediante los impuestos. El problema estriba en que todos esos servicios los disfruta uno tanto si paga sus impuestos como si no. Muchos de los bienes que proporciona la administración pública son bienes no excluibles, es decir, que no es posible permitir que algunas personas disfruten de ellos y excluir a otras. Por lo que una vez construida una autopista, cualquiera puede circular por ella, tanto si ha pagado impuestos como si no. De modo que, aunque desde nuestro interés egoísta coincidamos con la opinión de que el gasto público es algo bueno, no tenemos un incentivo para no tratar de evadir nuestra aportación. En términos estrictamente económicos tal vez lo más racional sería hacer trampa. Por lo que, la buena salud de un sistema fiscal requiere algo más que leyes. A fin de cuentas es necesario que la gente pague sus impuestos voluntariamente. Entonces, ¿por qué la mayoría de las personas paga sus impuestos? La respuesta tiene que ver con la reciprocidad. Muchos participan y participarán mientras crean que todos los demás también participan. Por decirlo de otra manera, los cumplidores crean cumplidores. Y ese bucle de realimentación positiva también funciona en la mayoría de las empresas que tienen éxito.

Los problemas de la innovación colectiva: El pensamiento grupal

23 dic
Innovación Abierta   |  3 comentarios

El psicólogo Irvin Janis llamo pensamiento grupal a una forma de pensamiento “con el que las personas se sienten implicadas cuando están profundamente comprometidas con un grupo excluyente, cuando la lucha por la unanimidad de los miembros pasa por encima de su motivación para evaluar de manera realista formas de proceder alternativas”. La creencia imperante es que el grupo sabe mejor que nadie la decisión o dirección vigente es la que parece representar a la mayor parte de sus componentes, más allá de un examen ponderado: incluso cuando el instinto personal sugiere lo contrario.

Entro los estudio más destacables sobre el pensamiento grupal está el realizado por el psicólogo Solomon Asch en 1951. Tras su experimento Asch concluyo que “la tendencia a la conformidad de nuestra sociedad es tan fuerte que jóvenes razonablemente inteligentes y bienintencionados están dispuestos a llamar blanco al negro. Esto es preocupante. Plantea interrogantes acerca de nuestra forma de educación y los valores que guían nuestra conducta”.

Hay una historia escrita por Jerry B. Harvey, llamada “La paradoja de Abilene”, que me gustaría transcribir en este blog. Se trata de un ejemplo que en mayor o menor medida nos ha ocurrido a todos alguna vez. La historia es como sigue.

Una calurosa tarde de verano en Coleman, Texas, una familia se encuentra a gusto jugando al dominó en el porche hasta que el suegro propone que vayan hasta Abilene, a 85 kilómetros al norte, a cenar. La mujer dice: “Me parece una buena idea”. El marido, a pesar de sus reservas porque en el viaje en coche es largo y hace calor, cree que sus preferencias están en desacuerdo con las del grupo y dice: “Me parece bien. Solo espero que tu madre quiera ir”. Entonces la suegra dice: “Claro que quiero ir. Hace mucho tiempo que no voy a Abilene”. El viaje en coche es sofocante, largo y hay polvo por todas partes. Al llegar al restaurante, la comida es igual de mala. Cuatro horas después regresan a casa agotados. Uno de ellos dice sin ninguna sinceridad: “Ha sido un viaje estupendo ¿no os parece?” La suegra afirma que en realidad ella habría preferido quedarse en casa, pero que estuvo de acuerdo en ir porque los otros tres habían mostrado mucho entusiasmo. El marido dice: “Pues yo fui para que estuvierais contentos. Estaría loca si quisiera salir con este calor”. El suegro dice que lo propuso porque creía que los demás estaban aburridos.

El grupo, desconcertado por haber decidido todos juntos hacer algo que ninguno de ellos quería hacer, vuelve a sentarse. Todos hubieran preferido quedarse sentados cómodamente, pero no lo confesaron cuando todavía tenían tiempo de disfrutar de la tarde.

Este es un ejemplo inofensivo pero impresionante de las consecuencias del pensamiento grupal. ¿A quien no le ha ocurrido algo así alguna vez? Cada uno de los miembros del grupo accedió a hacer algo que no quería hacer porque creyó que los otros querían hacerlo. La consecuencia fue que nadie quedó contento.

Este es uno de los problemas, entre otros que analizaremos en sucesivos posts, que podemos encontrarnos si queremos que un grupo de personas o una multitud inteligente participe dentro del sistema de innovación de una organización.